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23 Septiembre 2007

GHISTORIAS DELA GEISHAS PARTE II

Las geishas eran muy comunes durante los siglos XVIII y XIX y aún existen, aunque en un número bastante reducido.

La práctica más conocida y notable de las geishas es el arte de servir
el té. Para ello tiene la casa de té, una pequeña casita aparte de la
principal o habitaciones dentro de la misma donde éste es servido
siguiendo un ritual ancestral.

A pesar de que algunas geishas ofrecen también servicios sexuales
(incluso, en el pasado el derecho de tomar la virginidad, llamado
mizuage, era un acto comercial), no todas lo hacen, por lo tanto muchos
consideran erróneo compararlas con las prostitutas.

Historia

Aunque las primeras geishas aparecieron durante el siglo XIII, se
consideran predecesoras de éstas a las saburuko, del siglo VII, y
shirabyoshi, del siglo XII

Las saburuko (“la que sirve”) mujeres subsistían brindando distintos
tipos de placeres, principalmente sexuales, a las clases
aristocráticas. A pesar de que la mayoría eran proletarias, algunas
poseían una buena educación y solían ser presentadas en reuniones para
amenizarlas.

Las shirabyoshi aparecieron durante el periodo Heian, eran jóvenes
pertenecientes a familias aristocráticas que durante ese periodo
sufrieron problemas económicos debido a los grandes cambios sociales.
Para lograr mantenerse algunas mujeres se vieron obligadas a trabajar
entreteniendo a sus clientes con bailes y poesía. Adoptaron el nombre
del baile que ejecutaban.

La tradición de las geishas modernas evolucionó del taikomochi (“el que
lleva el tambor”) o hōkan, hombres que entretenían a los señores
durante al siglo XIII. Con la creación de los barrios de placer durante
el siglo XVI, los taikomishi se dedicaron a entretener a los clientes
de los mismos antes de que requiriesen los servicios de las
prostitutas. A mediados del siglo XVIII una prostituta llamada Kikuya
empieza a ofrecer los mismos servicios que los hombres y se proclama
también geisha, y pronto la siguieron otras mujeres, adquiriendo así el
rol de onna geisha (女芸者, “mujer geisha”). Con el tiempo las mujeres
fueron más numerosas que los hombres (llamados entonces otoko geisha,
“geisha hombre”) y estos empezaron a desaparecer.
UÑECAS DE PORCELANA


No
importaba tanto su belleza como su conversación, su cultura y sus
conocimientos políticos. Educadas para dar placer y prestigio a sus
patrones, no eran dueñas de sí mismas. Hoy, sin embargo, no pocas
japonesas eligen libremente esta profesión y se muestran orgullosas de
mantener la tradición en su país
.


Finalizada
la Segunda Guerra Mundial, cambió por fuerza la vida en Japón. No sólo
el emperador fue obligado a declarar su "humanidad" (hasta entonces se
lo consideraba divino), sino que una serie de decretos apuntó a
derribar hábitos muy arraigados en la mentalidad nipona. Entre ellos,
uno de 1946 prohibía el funcionamiento de las okiyas, casas que se
dedicaban a comprar niñas y educarlas como geishas.

Sin embargo, hay geishas todavía. Ya
no cumplen las mismas funciones que antes; en todo caso son una
atracción turística o hacen las veces de acompañantes en reuniones
sociales o de negocios. Pero todavía recurren a ellas quienes se
resisten a una occidentalización a ultranza, y ellas mismas se
consideran guardianas de una tradición secular.

Arte y persona

El origen de estas
mujeres -especie de cortesanas, pues su educación y refinamiento las
ubicaba muy por arriba de las prostitutas- está ligado al florecimiento
de la clase comerciante.

A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes
(generales) cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar
el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.

Los grandes señores despreciaban a los
comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Aunque
éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas
muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los
confundiera con un señor feudal.

Las únicas libertades que podían
tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que
hicieron: así como en el teatro kabuki -pintoresco y, en
algunos casos, de protesta- encontraron su forma de expresión, con las
geishas pudieron encauzar la vida social.

En esos barrios florecieron las ochayas,
casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios,
eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres
limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y
social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.

¿Qué papel jugaban las geishas? Su
nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan "arte" y
"persona": algo así como "la persona que domina todas las artes". La
belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su
conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la
complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas
dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y
guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones
públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad
para resolver situaciones difíciles.

Hermosas marionetas

Sin embargo no pasaban
de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y
eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en
las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente
quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que
servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su
destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a
independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado
lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.

Debían dedicar varias horas a
vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se
pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después
de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para
ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para
resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con
polvo de flores) y los labios.

Untaban el cabello con un ungüento
grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante
una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y
sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya-
les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a
medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.

Todo realzaba la apariencia de
marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de
hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se
consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto
de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.

Una historia

Un cronista japonés
recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a
fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar,
pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una
okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una
ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis
niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.

Además de estudiar todo el día desde
las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las
niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus:
éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas
como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.

Una mañana, cuando cumplió dieciocho
años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y
le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse,
la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una
faja bordada con hilos de oro.

Era su debut, aunque todavía no era
una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de
fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón
decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los
gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).

Aunque ella siguió viviendo en la
okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de
brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y
las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de
Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.

Para el hombre, ser dueño de una joven
bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran
invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos
de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se
traducía en prestigio para el patrón.

Un par de años después el comerciante
volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y
hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía
tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que
el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más
poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya
vendía a Umeya a alguien de menor condición social.

Instalada en una linda casa, con dos
mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto
con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a
la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón
(aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le
regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya
sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde
había estado parada la concubina.

Cuando su dueño murió ella no se
enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su
ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la
supervivencia de ella y del hijo que había tenido.

Así las cosas, comenzó su decadencia:
volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se
sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al
asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era
vergonzante.

Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad.
Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus
propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una
vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse
como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio
de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.

Las geishas, hoy

En la actualidad no
son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no
trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas
les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen
algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones
de fiestas, y los que hay son muy caros.

Su trabajo se parece más al de una
anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o
comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo
exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los
negocios y la política.

Algunas aparecen en la televisión o en
el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios
idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica
formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de
desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un
restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo
de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su
profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles
el "desfile de las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos,
regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte •
COMENTARIO

ras leerme Memorias de una geisha, de Arthur Golden, me entraron ganas
de conocer más cosas sobre el mundo de las geishas, y busqué en
internet más libros sobre el tema. Mi sorpresa fue, que la misma
ex-geisha que había contado a Arthur Golden la historia de su vida para
que éste escribiera su joya de novela, había publicado tiempo después
sus memorias.

Y más sorpresa me llevé aún al conocer que lo había hecho por despecho!
Si, no estaba en absoluto de acuerdo con la visión que Golden daba del
mundo de las geishas, en particular sobre algunos datos que se referían
a la relación de las geishas con el sexo. La cosa es que incluso le
denunció por difamación, ruptura de contrato y violación de copyright
por revelar su identidad! No se cómo acabaría todo...

Lo positivo de esto es que gracias a esta "venganza" apareció otra
interesante novela, esta vez autobiográfica (Memorias de una geisha,
frente a lo que pueda parecer es ficción).

En "Vida de una geisha", Mineko Iwasaki (1949), la geisha más famosa
del mundo, cuenta su verdadera historia, cómo desde muy pequeña pasó a
formar parte de una okiya (casas donde viven las geishas) y cómo se
formó durante años en estrictas danzas, ceremonias...para llegar a ser
geiko y maiko, los dos tipos de geisha.

Ella pretende dejar bien claro en este libro que nada tienen que ver
las geishas (que significa "artista") con la prostitución y el sexo.
Las geishas son mujeres que se preparaban de una forma estrictísima
durtante toda su infancia y adolescencia para llegar a ser las
perfectas "acompañantes" de ceremonias y fiestas, para divertir y
amenizar todo evento. En el libro de Golden se deja entrever que las
geishas, por debajo de toda esa formación y aptitudes para el
divertimento, siguen siendo burdas prostitutas, pero de lujo. En el
libro de Iwasaki se deja muy claro que una cosa y la otra no tienen
nada que ver. No se, esa duda a mi me ha quedado!

El libro es interesante, aunque si haces lo que yo, que fue leerlo
justo tras acabar el de Golden, al principio te parece un poco
aburrido, pues no hay que olvidar que el dle americano es una ficción
novelada, que implica tramas inquietantes...y el de Iwasaki es una
autobiografía muy descriptiva y escueta, sin flores ni adornos. Pero
cuando se sigue leyendo y desaparece por completo el "tufillo" del
libro de Golden, se descubre en "Vida de una geisha" un libro
apasionante y lleno de vida.

El libro cuenta también con un complemento fotográfico muy interesante,
que permite visualizar varios aspectos del día a día de las maikos y de
las geiko. Algo que viene muy bienm pues si lo leéis os pasará seguro
que os entren ganas de "ver" cómo eran las geishas, sus peinados, los
kimonos y obis que vestían...

Os recomiendo el libro, la vida de las geishas es apasionante y a
nuestros ojos occidentales y modernos se hace muy extraña y despierta
mucha curiosidad.

Os pego aquí las primeras líneas del libro para que os entre le gusanillo :)

«En Japón, estado insular de Asia oriental, existen unos distritos
especiales, llamados karyukai, que están dedicados al disfrute de los
placeres estéticos. En estas comunidades viven y trabajan las geishas,
profesionales instruidas para las artes. El término karyukai significa
«el mundo de la flor y el sauce». Así toda geisha es en esencia
hermosa, como una flor, y a la vez elegante, flexible y fuerte, como un
sauce.

En los trescientos años de historia del karyukai, ninguna mujer se ha
atrevido a desvelar sus secretos: nos lo han impedido las reglas
tácitas de la tradición y el carácter sagrado de nuestra peculiar
actividad. Pero creo que es el momento de hacerlo. Quiero que se
conozca cómo es en realidad la vida de una geisha, repleta de
singulares exigencias profesionales y colmada de compensaciones. Son
muchos los que sostienen que fui la mejor geisha de mi generación y, en
verdad, coseché más éxitos que cualquier otra. Sin embargo, con los
años esa vida devino asfixiante para mí, y hube de abandonarla.»

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